ESTAMPAS DOMINICANAS>
Reminiscencias del Crepúsculo


En  una casona de madera junto a un gigante árbol de limoncillo, transcurrían unos atardeceres inolvidables, se alborotaban un millar y más de pájaros, volaban en todo el vecindario, se  posaban en las matas, alambres eléctricos, palos de luz, vuelos en ondulación, uno de ida y otro de vuelta.

 Algarabía, cantares  celebrando el crepúsculo y la llegada de su hora de descanso. Entre las rezadoras que tenían siempre las vecinas puestas en el radio, los rosarios y cantos religiosos,(santa María madre de dios…) el sol no se veía, el cerro gordo tapaba al sol durmiente, una brisa fresca alborotaba un mar de hojas,  con un vaivén melodioso aplaudían cada vez que el viento las acariciaba.

Algunas viejas caminaban a la bodega, con batas y medias con chancletas. Arepa, pan de batata, en la nochecita me mandaba mi abuela a comprar donde  la vieja fidelina, una vitrina, puesta en una mesa con cuatro laticas con agua en cada pata, para que las hormigas no besaran sus dulces criollos.

 

Un jarro de chocolate caliente y un pedazo de pan de agua tostado con mantequilla. Esa era a veces la cena. Después de un día de escuela, de tareas y oficios. El atardecer era mi hora sagrada. Escuchaba los vecinos saliendo. Saludos,  nos sentábamos en mecedoras en el frente de las casas, con la oscuridad que ya se acercaba, a veces había algún apagón. Ya los fósforos y la lámpara de gas estaban preparados  encima del seibó en la terraza.

 

Estática era lo que se escuchaba cuando mi abuelo trataba de sintonizar las emisoras extranjeras en su radio de banda  que le regalo una de mis tías. “La Voz de América” una emisora que transmitía desde Bélize, era la que mas escuchaba, me parece verlo todavía, con su radio en sus piernas, mirándolo, como si viera a los locutores.

 

A veces se tornaba rojo el cielo, cuando en fracciones de segundos desaparecía la claridad del sol. Miedo me daba después que una amiguita me dijo que esa era la hora que los muertos comían, y mas que en esa dirección del atardecer estaba el cementerio viejo. A veces jugaba pateco con las amiguitas, si la luz del palo de luz estaba encendida, o con la claridad de las luces de las casas. Brincando las aceras, y cuidando que no pasara algún carro, que casi no pasaban. Motores, pásolas eran más que eso, el único pueblo que sabía que las mujeres lo montaban, Belén y mi tía,  profesoras,  ese era su transporte.

 

Ya agotada del día, se me iba atolondrando el cuerpo, ya casi era hora de dormir, temprano como las gallinas; cerrábamos la cocina que estaba separada de la casa. La terraza le poníamos un candado por dentro, ya las siete de la noche era tarde para tener la cocina abierta. Teníamos siempre agua dentro de la casa para tomar, con un jarrito de aluminio color amarillo y un jarrón con agua y  hielo.

 El mosquitero lo enganchaba desde que cenaba, no fuera a encontrarme una araña cacata husmeando en las tablas de la casa. La bacinilla, debajo de la cama, lista para la meadera de noche. Una pavita echaba siempre mi abuela en la mecedora antes de acostarse. A veces leíamos un almanaque bistro, yo le hacia preguntas, de los eclipses, de las fases lunares, etc..,  los días que ella iba a la iglesia, mis conversaciones eran con mi abuelo.

¡Ahhh! Brisa fresca Banileja, desde la Playa Los Almendros venia recorriendo pasando por Boca Canasta, El Llano, atravesando Las Marías, el Colegio de las Monjas, pasaba por el frente de la casa de mi abuela, y allá en la glorieta del parque refrescaba, a los oriundos bohemios.

Las noches que amanecía en Baní, eran eternas, para mí. Cuando amanecía en mi casa, nos acostábamos más tarde. Era en otra ciudad, no era el mismo crepúsculo, ni el mismo aire de ternura con que recuerdo verme sentada en el frente, de la casa de mi abuela.

 

“Siempre que me acaricia una brisa fresca, y llega el atardecer,

 me remolco a mis mejores recuerdos, en mi querido Bani”

 

Esmirna Rivas ©2008 (Tejeda)

 

Comentarios: esmirna@dominicanflave.com

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