
La siesta, una pausa, bostezos, susurros, dedos índices en los labios indicando silencio. Sordos oídos, en un profundo sueño de medio día. Perros mudos. Caliente sol, aire tropical. Abanicos eléctricos, mecedoras, hamacas, camas, piso de cemento fresco. Murmullo…Cerrado el colmado, la farmacia, el salón de belleza. Carros estacionados, vendedores silentes. Puertas cerradas, ventanas abiertas.
El mercado pausado, las oficinas en descanso, aceras calientes, humedad. Después de comer una comida pesada según el menú de muchas comidas tradicionales en República Dominicana, arroz, habichuelas, carnes, acompañadas de ensaladas frescas o hervidas, víveres, caldos…con esta mezcla de carbohidratos, proteínas, fibra; digestión pesada. Parpados caídos, boca seca. ¡Que mas agradable que una pavita, una dormidita, una siestecita, un sueñito! como quiera que se llame.
Costumbres heredadas, de nuestra Madre Patria, practicadas hoy día en muchos países de Latinoamérica, que no han dejado apagar sus costumbres por la vida moderna. Metrópolis, implementando sitios de descanso para los empleados. Veinte minutos son solo necesarios para recuperar las energías del cuerpo, nuestro reloj biológico, después de ocho horas de despertar, el cuerpo necesita una recarga vital necesaria, para continuar con las actividades de la tarde y la noche. El sueño y el descanso son tan necesarios como la actividad física. Sincronizando nuestro cerebro con nuestro cuerpo. Mayor rendimiento.
Añoranzas de muchos que hemos emigrado, atareados en nuestros trabajos al mediodía, recién llegados, una lucha con el cuerpo pestañeos, pesadez, bostezos cuando nuestro cuerpo, busca las costumbres de una vida holgada, con problemas pero con disfrute del día.
Memorias.Sentada en una mecedora, viendo el “Show del Mediodía, el cual “era un banquete, en sus años dorados”. El cual era “la costumbre” en cada hogar Dominicano. A veces había algún apagón, se ahogaba el abanico tan necesario, un salvavidas, aunque fuera espantando las moscas. Recuerdo que Papi siempre me mandaba a callar, yo la mayor de cuatro, hacia más bulla callando a mis hermanos, para que papi y mami durmieran su siesta.
En la casa de mis abuelos maternos, se apagaba todo, se cerraban las puertas, se comía a las doce y hasta las dos de la tarde todo era taciturno, relajado. El café era de esperarse una tacita, y algún dulce típico, para recargar las energías. De nuevo a recoger la cocina, volver al trabajo, terminar los quehaceres y las diligencias pendientes para después de la hora de la comida.
Mi abuela se sentaba en una mecedora, lo que mas le gustaba era que la peinara su blanca melena. "Arráscame aquí, no ahora por aquí." Una de mis tías paternas le encantaba que le sacaran caspas, recuerdo como escurridizas nos escondíamos mis primas y yo a veces. Y recuerdo que interesante era esa hora. Cuando cuentos y risas llenaban mis memorias.
Las veces que familiares me han visitado, han llegado con su costumbre de la siesta, a veces andando en la calle, a deshoras, donde no se acostumbra su cuerpo al cambio de horario y de comida, igualmente me pasa cuando voy de visita a RD, ellos duermen y yo despierta, desorbitada.
Las mecedoras, mis favoritas, una vez de viaje con mi esposo en RD, estaba tan agotada y exhausta del trabajo, que en todas las casas de familiares y amigos que visitamos lo primero que buscaba era una mecedora, cerraba los ojos y ahí me perdía en una dormidita, se apagaban poco a poco las voces, se me cerraban solo los parpados, y ahí disfrutaba uno de los pláceres que todavía no me acostumbro haber pérdido, "la sagrada siestecita".
Esmirna Rivas ©2008
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