Corría un día de Agosto, otro Domingo de verano. El campo era nuestro pasatiempo, ese día de la semana, después de llevar una vida agitada en la ciudad, el tráfico, el bullicio…Nos íbamos por lo menos una vez al mes con el canto del gallo a Los Llanos un pueblecito localizado al este de la ciudad de Santo Domingo mas bien en San Pedro de Macorís. Entre el largo recorrido en una camioneta, en la que íbamos sentados en la cama de atrás. Se olía, la tierra húmeda, la vegetación silvestre, la polvareda de aquel camino vecinal dejaba nuestras pestañas cenizas, la brisa cargada de polen, insectos, y olores recónditos del campo y el camino, que afloraban con la humedad, que arropaba la atmósfera en nuestra travesía.
Trillos adornaban algunas lomitas en medio de la vegetación silvestre, árboles, caña de azúcar, algún potrero, y el olor abrasador de mierda o algún animal muerto en el camino. Los muchachos alborotados en tanto jamaqueo, zanjas se habían formado y algunos charcos de agua de alguna reciente lluvia, que dormían todavía apozados en el cascajo, y la tierra caliza que el sol había evaporado su humedad. Se perdía mi mirada en aquella espléndida llanura adornada por los contrastes de la tierra, el amarillo de la pradera, en medio un árbol frutal, y la llanura extensa de lado a lado. Y alguna lomita salpicada aquí y allá. Digería cada instante en lo que llegábamos a la finca y reunirnos con los amigos y familiares que venían también igual que nosotros, a reconectarnos con el campo.
Llegamos al pueblecito, en colmados nos surtíamos de lo que necesitaríamos o nos había faltado comprar para la comida de ese día, hielo, dulces, café, galletas, aceite, etc.…visitábamos dos o tres casonas victorianas en que vivían otras amistades, mecedoras adornadas con sus forros tejidos, la limpieza, la humildad, se respiraban en los tablones y los caballetes que sostenían tan antiguas construcciones.
El parque central del pueblo con su glorieta, rodeado de casas de madera y alguna que otra nueva construcción, algunas casas, de concreto, una planta con las varillas todavía que se veían sobresalir del plato, “la esperanza que no se pierde en un país del tercer mundo”, de construir una segunda planta, para rentarla o vivir otro familiar en el mismo terreno cuando mejore la situación.
Se acercaban las 9 de la mañana, nos apresurábamos todos a subirnos de nuevo a la camioneta, esperando los que no habían llegado, comprando todavía para llevarles a las dos familias que vivían en las casitas de la finca. Adiós y hasta luego, de nuevo al camino polvoriento, del cual salimos en una entrada a otra carreterita mas rural aún del cual habíamos recorrido, las zanjas yacían secas en algunos tramos, viaje que nunca hacíamos cuando llovía por lo difícil y enchivoso del camino.
Allá surgía en medio de los continuos prados una mata de mango, copa y sombra que arropaba el humilde bohío, que sería nuestra primera parada. Descargábamos nuestros macutos, fundas, cajas, cada quien agarraba lo que podía llevar. ¡Buenos días como están!, agua fresca en una tinaja me apresuraba a buscar, bajaba por mi garganta como mágica bebida, a barro y lluvia sabia. Allá en una pradera se divisaba otra casita, era más fuerte su construcción. Casa pintada de rosado pastel, barandillas blancas, techo de cinc. Piso de cemento liso, fresco, humilde y acogedora estampa que rodeaba la casa de árboles frutales, palmeras, y unas cuantas flores y rosas coloridas. ¡Olía a campo! una cocina pintada igual que la casita un rosadito helado Manresa. En medio el fogón, mujeres que lo circulaban, acomodando los calderos, preparando las carnes, los víveres y todo lo que cupiera para el sancocho. Los hombres camino a los corrales, y los rejones de los gallos de pelea que tenían de cuidando, para luego llevarse las espuelas a la capital y venderlas en la gallera. Chivos, unos marranos, vacas, caballos, adornaban otro lado de la propiedad. Mocato olor que brotaba, humedad de la vegetación campestre que cercaba el espacio que para mi era el cielo. Me perdía en el cundeamor, los mangos, los caminitos que caminábamos persiguiendo mariposas, enredándonos en los cadillos y los tiestos que goteaban de las matas de javillas. Macos que escurridiza, me volteaba, ni siquiera para verlos. Dos o tres perros andaban siempre rondándonos, con las moscas detrás de los rabos. En eso nos pasábamos la mayoría del tiempo, unos jugaban dominó, otros se reían, otros bailaban, recogíamos limones dulces, yuca, yautía, racimos de plátanos, mangos…
Ya oliendo a macutico, zarpábamos en una aventura deliciosa, el sancocho ya estaba listo, ¡Que Hartura! No había electricidad ni para echarse fresco con un abanico, de repente en tanto jolgorio se apagan las voces, cada quien amemao de la hartura de este caliente caldo. Cabizbajos echaban una siestecita. Olor de cachimbo que llegaba tenue, Don Miguelo sumido en él. Cafecito que esperábamos.
De nuevo los hombres a los rejones, llegaba la caída de la tarde, recogíamos lo que llevaríamos a la capital, bajando al otro bohío, en una de las camionetas se fueron de nuevo al pueblo, siempre llegábamos y salíamos juntos para la capital. En lo que esperábamos frente al triste bohío, cubierto por la gigante mata de mango, que mas nos quedaba que comernos unos cuantos. Jejenes que se aprovechaban de nosotros, eran punzones sus besos y nosotros desesperados porque ya anochecía y al otro día había escuela y trabajo. Partimos por fin, en medio del recorrido, de nuevo detrás de las camionetas los que no cabíamos delante.
En esa preciosa estampa campesina, me zambullía, no quería que se escaparan de mis pensamientos. Ni sus olores, ni sus detalles. Después de años, algunos de los presentes en esta historia ya fallecidos, recuerdo con ternura, sus caras, como se han quedado impregnadas en mis memorias de un día en la finca de Don Miguelo, en San José de Los Llanos, San Pedro de Macorís.
En memoria de Damaris fallecida en el vuelo 587 de American Airlines,
Noviembre 2001. Nueva York a Santo Domingo junto a sus dos hijas” http://www.periodismo.com/news/100565191862607.shtml
Esmirna Rivas ©2008
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