Sus pies descalzos como la noche,
Su cabeza blanca como la luna
Bailaba, bailaba...
Con los retumbes de los palos y los tambores.
Alrededor de la hoguera encendida.
Su falda larga abanicaba las llamaradas rojizas.
Se había acabado la zafra
Y en su batey había fiesta.
Todos celebraban se libertad “de cierta manera.”
Su piel oscura como las penumbras
Se enrojecía con el rojo de las llamas,
Bailaba, bailaba...
Su cadencia, su danza.
Un cerco de gente a su alrededor
La miraban y ella gozaba tanta atención.
Sin ellos saber que con su baile
Se perdía en sus recuerdos, Sus recuentos, Sus vivencias.
Nadie comprendía como ella,
Perdiéndose en el humo de la fogata
Sus pesadumbres, sus tristezas.
¡Nadie acumula canas por gusto!
Cada hebra blanca de su pelo era una huella.
Una huella de años transcurridos en aquel batey;
En aquel ingenio, en aquel barrancón;
Que había sido su refugio.
Su refugio a su dolor de madre
Sus cinco hijos, su marido los dejo abandonados
Cuando cruzó la frontera.
Pasos que al tiempo su marido seguiría
Trabajando de peón en el batey.
Años acumulados de faena.
De danzas, de ritos...
De acoso, de tribulaciones...
¡Cabecitas blancas de experiencias, de gozos, de cargas!
Canas de respeto,
Canas de melao, de caña, de sudor.
De bueyes, de carretas, de machetes, de candela.
Canas de guarapo, y vagazo.
Canas de Ron, de triculí, de cleren.
Canas de Tufey, de Liquen, de Calalú.
Canas de Pilón, de Fogón
De Chenchen, de Chacá,
Canas de Tontonmacú, de calié,
Canas de latigazos.
Canas de una tierra despojada, denigrada.
Canas de una vida que comenzó su historia
Con un bracero traído de su madre tierra
De su África,
A una isla taina, “dizque conquistadas por unos”...
Periodos transcurridos entre batallas y traslados
Por una frontera,
Siglos de sembrar caña de azúcar
Canas...
Para endulzarle el alma a su colono...
Sin endulzarle la existencia de sus braceros...
Esmirna Rivas © 2005