Al Ingenio Nuevo nos fuimos todos, buscando pasar un día recorriendo los barrancones y los vecinos aledaños llevando nuestro mensaje de dos en dos…
Día caluroso y húmedo en medio de los caminitos y parajes que recorríamos desde temprano en la mañana. Comenzaba el sol de las 10 a calentarnos hasta los pensamientos, de casa en casa viendo a la gente haciendo sus oficios o sentadas en sus muebles de palitos y sus mecedoras cojas que rechinaban, alguna desgranando guandules o limpiando el arroz…
Nos ofrecían agua de tinaja cuando nos veían sudados y sedientos de algo que nos refrescara el galillo. Café colado en coladores de tela recién tostado, “lo que podían brindarnos”. Solo por distinción y la gentileza según ellos encontraban en que fuéramos visitando sus altares. Íbamos con carteras y zapatos cómodos con las canillas cenizas y sombrillas que a veces no mitigaban al sol esplendoroso que nos quemaba.
Algunos vecinos miraban pendencieros y con vergüenza, se escondían y no nos abrían las puertas. Por las tablas nos aguaitaban, se veía desde afuera su silueta con la claridad que se colaba dentro de sus bohíos.
¡Que dotado de hermosura estaba todo ese paisaje lleno de colorido de formas simples y preciosas!
Los frentes de las casas algunos tenían el conuco al lado. La tranca o cruza burros lo atravesábamos con apuro tratando de no engancharnos los vestidos o las enaguas que a veces se nos salían en los alambres de púas que envolvían la empalizada. Las gallinas tuertas, algún chivo suelto, las escobas de ramos recostadas de los setos, algún perro bolo que nos olía o las moscas que lo perseguían.
Abríamos nuestros libros, le citábamos textos e ilustraciones. Algunos niños estaban presente, sino los mandaban para los cuartos, como se acostumbraba cuando llegaba gente a la casa y aun así entremetidos entre las cortinas, los dinteles y los umbrales querían oír lo que se hablaba.
Debajo de las matas en par de sillitas de guano a veces nos sentaban, con ese olor a campo que penetraba nuestros hocicos, olor a leña quemada, tierra fresca, palos recién cortados, mancha de plátanos, frutas podridas, mierda de algún animal o el bajo que se escapaba de las letrinas.
Los muchachitos jugando con sus carretillas de cajas de bolas, sus trompos, o alguna rueda que empujaban con un palo, camioncitos hechos de carreteles de hilos. Caballitos que les amarraban un hilo y lo ponían a volar como chichigua. O con los bidones y las latas haciendo música improvisada.
Mangos, chinolas, aguacates, caña roja dulce, etc., llenaban nuestros bolsillos de cosas más valiosas que el dinero. Frutos, víveres, de lo que la madre tierra silvestre les proveía. Salíamos más con la costumbre de la gente que lo que íbamos a ilustrar. Teces quemadas, arrugadas por la miseria, plegadas y sin dientes, con cachimbos y túbanos que no se recataban de dar una sonrisa o un simple “umjú” ó “asina mismo é”.
Caminábamos con la sombra que ya pisábamos por que el sol nos maltrataba con sus rayos fogosos del mediodía. Acelerábamos nuestro recorrido “no queríamos perturbar la hora de la comida”.
Llegábamos a los colmados, comprábamos masitas, conconetes, mentas verdes y canquiñas. Refresco rojo, mabí de bejuco o malta morena. Un bizcocho de cinco cheles, un mejorar pa’l dolor de cabeza de alguno.
Seguíamos unos ya gateando por el peso de los años, otros por lo caliente que se estaba tornando el día.
Volvíamos de nuevo al pueblo, ahora a atender nuestros bohíos; para la siguiente semana hacer el mismo recorrido; en otro campo, otro bohío…
Esmirna Rivas © 2006
Esmirna Rivas
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